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Las chicas del puntazo

 

Estuvo genial el sábado. Después de todo, todo sigue como siempre, pese a los pañales, potitos y cinco lobitos primerizos, parece ser que lo llevamos bien. No nos podemos quejar. A mi me parece muy importante.

¿Qué mas da la semana santa? ¿qué mas da tocar el tambor, cantar a los chichos, comer torta con chocolate o beber infinitos orujos de hierbas? Solo son excusas.

Las chicas del puntazo llevan el sol en la cintura... Esta canción me recuerda mucho a vosotras. Porque nos gusta volar y porque somos capaces de amar después de amar, aunque ya no nos veamos. Para desafiar a todos los que dicen que no será posible conservar nuestra amistad.

 

De esta semana santa me quedo con dos imágenes.

La primera, el martes en la procesión del encuentro. Tres pequeños alabarderos hacen su debut, tocando la corneta. Sus ojos brillantes, el cuerpo erguido y tenso, conteniendo la emoción y su paso ensayado una y mil veces delante de sus madres. Alejandro, Ruben y Alfredo brillaban. Tardarán en olvidar ese momento. Ojalá el recuerdo de esa emoción les haga mantener viva la afición por el tambor y el bombo.

La segunda, más triste, fue en el momento de romper la hora. En el último segundo volví mi cabeza para ver cuánta gente había detrás en alto, mirando el espectáculo. Vi como unos ojos familiares brillaban emocionados, al escuchar y ver desde la barandilla, cómo la hora, su hora, se rompía en mil pedazos. Unos ojos que saben con certeza que ésta será la última vez que lo presencie, que su enfermedad no le permitirá volver a disfrutar de este momento, y que, aunque nunca se ha puesto un tambor encima, su corazón se encoge, como el de todos, cuando en su pueblo se rompe la hora.

Estas dos imágenes me han acompañado durante los tres días. Dos imágenes muy diferentes pero que tienen mucho en común.

 

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