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A mi abuelo

A veces se van personas en tu vida y te dejan un poco vacía por dentro. Eso todo el mundo lo sabe, no es nada nuevo.

Hoy estoy vacía por dentro. Sin nada.Y triste, pero contenta a la vez, porque he podido despedirle cómo se merece, con un beso y un hasta mañana, yayo.

Hace apenas una semana, bromeaba en el hospital conmigo, simulando que me daba un puñetazo en la barriga, para hacerme ver que aún estaba fuerte, y atlético, como siempre. Pero las cosas son así.

Se me ha ido el saltador oficial, el mejor corredor de 100 metros lisos, el solitario hortelano que todavía hacía casetas como un niño, el pintor de mandalas, el soñador de otros lugares, de montañas llenas de nieve, de travesías en invierno con 20 Kilos a la espalda, de carrreras, de acrobacias, de saltos hasta la luna... Algo de él queda en mi.

 

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

(Miguel Hernández)

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